Había empezado a trabajar en un restaurante italiano en Playa y si bien trabajar hace bien al espíritu y al bolsillo, no sabía bien por que lo hacia. El primer día de trabajo me dí cuenta que el lugar estaba muy desorganizado. Al finalizar mi jornada, el dueño me propuso gerenciar el restaurante, es decir, reorganizar el lugar por completo, lo cual incluía, crear un buen equipo laboral, mejorar las ventas e optimizar los recursos disponibles, vale recordar que habían abierto apenas un días atrás y en un estado de desorganización muy grande. Los empleados no contaban con experiencia alguna y uno de los dueños había entrado a este tipo de negocio solo un año atrás y solo había cosechado malos resultados, aunque conocía el rubro, por cuestiones familiares. Todo aquel que haya trabajado en un restuarante, sabe que esto no es para cualquiera y que el nivel de stress es muy alto, y si bien estaba haciendo lo que hice durante tantos año, debo decir que me ponía nervioso. Me sentía nuevamente como un técnico de un equipo de fútbol que esta peleando el decenso y lo contratan a media temporada, para salvar el equipo. Tuve que hacer profundos cambios, necesitábamos cambiar prácticamente todo, los menúes, los vinos, los platos, en si podemos decir que todo. Lo más difícil era armar un buen equipo; no lograba encontrar gente profesional. Al segundo día me vi obligado a echar a cuatro personas y salir corriendo a buscar a otras dos. Si bien me estaba volviendo loco, conseguía de a poco armar el tipo de restaurante que quería.
Recordaba todos los años que pase trabajando en este rubro y como es el mundo de la gastronomía y me veía una vez más volviendo a una vieja adicción.... el restaurante.
Recordaba todos los años que pase trabajando en este rubro y como es el mundo de la gastronomía y me veía una vez más volviendo a una vieja adicción.... el restaurante.
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