Todo estaba preparado para abandonar Oaxaca y emprender nuestro viaje hacia Playa del Carmen. Habíamos empacado todo, guardado todo, tirado todo aquello que no servía. Todo lo hicimos muy rápido, yo había llegado hacía unos minutos de mi viaje por las pirámides y en poco tiempo hicimos todo lo que había que hacer, de hecho hasta tuvimos tiempo de cocinar una rica pasta, luego ya si, nos dirigimos hacia la terminal, una vez ahí tomamos un ADO con rumbo al estado de Tabasco, previo paso por Veracruz. La idea era pasar un día en Villa Hermosa antes de arribar a nuestro destino. Al llegar a nuestra primera parada, descubrimos que la ciudad no era lo que esperábamos, a eso debíamos sumarle un claro cansancio producto de 12 horas de viaje, un calor agobiante (típico de la región) y un muy molesto equipaje; aún así nos hicimos de coraje y decidimos recorrer la ciudad. Una hora más tarde regresamos a la estación y cambiamos los pasajes por un micro que salía dos horas antes. A ese punto, dos horas eran, al menos, dos horas. Ahí esperamos mucho tiempo hasta que pudimos tomar el bus que nos traería a Playa del Carmen, luego sobrevino otras largas 12 horas de viaje, y si bien todo fue bastante tedioso, se justificó al llegar al paraíso prometido. El calor y el azul del mar que se confundía con el azul del cielo hacía de todo este lugar, una postal mágica. Lo primero que hicimos fue ir al departamento y dejar las cosas, bañarnos y salir corriendo a conocer la ciudad. La quinta avenida, la playa, sus alrededores y la gente, todo era muy lindo, de hecho el día se haría perfecto cuando entramos a comer a un muy buen restaurante. Luego al caer la noche fuimos a buscar a Verónica que llegaba desde New York para pasar la fiestas con nosotros, entre besos y abrazos, decidimos ir a cenar a un lugar de mariscos (debo decir que quede enamorado de mi hamburguesa de camarones). Después de comer y caminar por la avenida principal decidimos ir a la playa a esperar el nuevo año. A las doce la alegría de toda la gente que se encontraba ahí, junto a los fuegos artificiales y la música hacían que el momento fuese único. Nos hicimos la promesa de pasar el próximo año nuevo en otra ciudad y nos sumamos a la fiesta que se vivía tanto en la playa como en la ciudad. Todo era alegría, un nuevo año asomaba y prometía mucho y nosotros una vez más nos encontrábamos festejando juntos, ya no en New York, ya no con Champagne; esta vez era Playa del Carmen, esta vez era con Rhum…..
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