lunes, 20 de diciembre de 2010

Día 1: La frescura de un domingo espacial

El domingo 19 de diciembre a eso de las 5:30 de la mañana dejé la casa en la que vivo para dirigirme al aeropuerto internacional de Buenos Aires, al llegar y para mi sorpresa descubrí que debía aguardar más de la cuenta. De repente y sin pensarlo, me encontré esperando para hacer el check in en las filas de Avianca (empresa por la que viajaría). Después de hora y media de espera supe que el vuelo no saldría en tiempo y ese sería solo el comienzo. El avión salió con una importante demora tal cual lo suponía, sin embargo la felicidad de emprender este viaje hacía que eso no me importara. Al cruzar por el cielo Boliviano sentimos unas pequeñas turbulencias pero eso no logro intimidarme. Una vez en Bogotá (escala obligatoria) la ansiedad y el cansancio empezaban a pesarme, sin embargo supe sobrellevar otra larga espera con toda dignidad. Entre demoras y trámites, subí al segundo avión, ese que me traería a tierra azteca. El aeronave no había despegado y ya sabía que esas cuatro horas que me separaba de mi destino final no serían fáciles. El clima no era bueno ni en Colombia, ni en México ni en todo el Caribe y eso no era una buena señal. Desde el momento en que despegó el avión hasta llegar al espacio aéreo nicaragüense tuvimos que lidiar con bruscas turbulencias, si bien había viajado en avión durante mucho tiempo, y de hecho es algo que siempre me ha gustado, debo admitir que estaba más que aterrado; nunca había estado en una situación similar. Las turbulencias eran fuertes y muy significativas, pero logramos superarlas, eso si bien me tranquilizo un poco, no calmo mi ansia por pisar tierra. Luego, con el correr de los minutos, al descubrir (vía GPS) que estábamos sobrevolando México, volví a recuperar la sonrisa, pensé que al estar a una hora de aterrizar todo estaría más que bien, pero me equivoqué, las turbulencias volvieron y con más fuerzas. El pánico se había apoderado de mí y de otros pasajeros, sabíamos que todo estaría bien, pero la situación nos incomodaba. por un momento el avión parecía una iglesia un domingo a la mañana, un domingo muy diferente a ese que había dejado horas atrás en Buenos Aires. Los minutos corrían y los nervios se incrementaban, de repente y como si nada, al visualizar la ciudad de México, el avión se estabilizó, minutos más tarde habíamos emprendido el aterrizaje como si nada hubiera pasado. Una vez en tierra no me importó tener que hacer largas colas en migraciones ni para retirar mi equipaje, ni siquiera pasar las revisiones y responder todas las preguntas que me fueron formuladas, a esa altura lo único que me importaba era que estaba en tierra. Al abandonar el aeropuerto, una noche fresca me esperaba, ya no en Buenos Aires sino en México. Ahí empezaría mi viaje.....

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